La tarde que el danzón conquistó el Castillo de Chapultepec
El proyecto de "Danzon sin fronteras" logró que dos danzoneras tocaran en uno de los centros históricos más importantes del país.
Las escaleras en Y imponían a cualquier visitante, justo en el descanso el transeúnte tenía que elegir si derecha o izquierda, pero la decisión no importaba porque llegabas al mismo lugar. El resultado era un jardín precioso que combinaba perfectamente con la luz del medio día. Eso sí, amurallado por unas paredes de cristal que dejaban ver a los árboles de Bosque de Chapultepec como pequeños brocolis, mientras los edificios de Paseo de la Reforma apenas se veían por sus pisos más altos.
La realeza imponían en esos pasillos. Aunque han pasado más de dos siglos desde que se edificó ese Castillo por un capricho virreinal, todavía ronda el fantasma de la nobleza europea. Hoy en día este recinto se ha convertido en un encuentro turístico, para nacionales y extranjeros. Es muy común ver güeros de 1.80 con shorts, playeras polo y gorras beisboleras; ¿quién más puede estar en Chapultepec un jueves a las 10 de la mañana?
La fila de vestidos largos, repetidos en serie de 4 a 10, inundaba todo el pasillo. La gala matutina llegaban hasta el Alcazar, donde estaban preparadas filas de nomás de 100 sillas frente a una orquesta. Faltaba poco para las 11 de la mañana cuando la gente se convirtió en multitud para ver el espectáculo, el cual dio inicio cuando el timbalero golpeó con su baqueta el parche de su instrumento.
Doce hombres de traje y moño negro estaba sentados detrás de sus atriles con unos banderines de los cuales se leía «Danzonera de José Casquera». Arrancaron su música sin previo aviso con un danzón clásico de Dimas: «Sin un amor», a ese le siguieron otras dos piezas más, «Mi adorada Alejandra» y «El chapulín». Para antes del medio día, el danzón ya había iniciado su reconquista del Castillo de Chapultepec.

Danzón porfiriano
Los primeros vestigios del danzón en México están entre 1880 y 1913 aproximadamente, según relatan Simón Jara, Aurelio Rodríguez y Antoni Zedillo en su libro «De Cuba con amor, el danzón en México«. Las partituras para piano de danzas y habaneras fueros las primeras en llegar de la isla, y partir de ahí comenzó una producción humilde de piezas hechas en el país.
«Con seguridad, también pudo haber habido una producción considerable de danzones mexicanos en la época, como lo demuestra la existencia de los danzones de Austri, incluidos en la obra El testamento azul en 1884 -primer danzón mexicano conocido-, y el de Luis Arcaraz de 1886, en la obra El testamento y la clave; el de juventino Rosas, Flores de romana, de 1893, y el de Manuel Daniel Rodríguez, Las hüas de jalapa, de 1896. Pero puede decirse que éstos no tienen una gran diferencia con las danzas que proliferaron durante el siglo XIX y llegaron hasta fines del porfiriato«, destaca el libro en su página 46.
Para principios el siglo XX, la moral porfiriana perneaba en varios aspectos, desde la política hasta la música. La visión eurocentrista invadió en aquel entonces el Castillo de Chapultepec, residencia oficial de Porfirio Díaz durante el tiempo que se mantuvo como presidente de México. Se dice que en ese tiempo se escuchaban óperas, zarzuelas y valses.
El danzón tiene sus orígenes en Cuba a finales del siglo XIX y fue el resultado de una combinación entre la herencia europea, como la contradanza, y la célula rítmica de los africanos que fueron traídos a trabajar en las Antillas. Con esa visión tan eurocentrista y moral tan rígida, ¿será que Porfirio Díaz se habría atrevido a bailar danzón? ¿Habrá sonado danzón en el Castillo de Chapultepec hace más de un siglo?
¿Danzón en el castillo de Chapultepec?
Sergio Valverde dice en su tesis para la UNAM que sí: «El danzón se popularizó rápidamente entre la clase media y los sectores populares; lo mismo practicaron la oligarquía porfirista, como fueron reuniones que se llevaron tanto en el Palacio Nacional como en el Alcázar del Castillo de Chapultepec. A don Porfirio Díaz se le vio bailar danzón, cómo y con quién, eso no importa. -El presidente Díaz bailó danzón-«
No sabemos con exactitud si Díaz bailó este ritmo o si se tocó en el Castillo, pero si sabemos que esa música conquistó ese recinto de Chapultepec a los más de 100 años, después de una campaña impresionante de desprestigio.
Por el piso cuadriculado de negro y blanco desfilaron varios grupos de diferentes estados del país para demostrar su destreza en el danzón. Jarochos, poblanos y chilangos hicieron suyo ese lugar lleno de historia, donde los instrumentos ni siquiera necesitaban de micrófonos para ampliar su sonido, sólo bastaba con la cúpula que cubría la cabeza de todos para obtener un buen volumen.
Una vez terminado el turno de la Danzonera de José Casquera, fue turno de «la primera de América»: Acerina. Esta agrupación fundada en 1938 por Consejo Valiente, músico cubano que radicó en México hasta su muerte y revolucionó este género con un estilo propio.
Durante mediados del siglo XX, cuando el danzón estaba en su cenit, se le relacionó con cabarets, prostitución y sitios nocturnos de malas prácticas morales. Esta imagen fue reforzada por el cine mexicano en películas como «El rey del barrio», «El gendarme desconocido» y muchas otras. En la actualidad, la presencia de esta música con la orquesta más representativa del danzón mexicano, en el epicentro simbólico de la aristocracia ortodoxa, le da un resignificado a este género musical.

Acerina, música digna de un Castillo
Acerina comenzó su participación con «Almendra» un danzón típico cubano, composición de Abelardo Valdés; seguido de la pieza «Juárez», dedicado al expresidente mexicano. Pero el momento más emotivo de la tarde fue cuando se interpretó Serenata de Schubert, con un sólo de violín a cargo del músico Alejandro Sánchez Rivera.
Esta pieza demostró el gran vínculo que hay entre la música académica y el danzón, ya que varias óperas y zarzuelas fueron adaptadas a este ritmo, tan solo basta por mencionar algunas: «Rigoletito», «El barbero de Sevilla», «La giocondita», «El asombro de Damasco», entre otras.
Para el cuarto número musical se interpretó «Nereidas», pieza compuesta por el músico oaxaqueño Amador Pérez Torres «Dimas», el danzón mexicano más famoso del mundo. Y para interpretarlo en la pista, se presentó una decena de niños originarios de Veracruz con el traje típico de su estado, donde también se tiene un fuerte arraigo a esta música.
La tertulia danzonera se alargó hasta pasadas las 2 de la tarde con piezas como «El acahual», «Tu partida», «Chantaje», «Confesión», entre otras. Gracias al esfuerzo del proyecto Danzón sin fronteras se ganó una batalla de una guerra que ya muy pocos recuerdan, donde se luchaba por quitarle un estigma inmoral a esta música. Tal vez su imagen pasó de ser soundtrack de cabarets a un género de ancianos, y tal vez la batalla que se tenga que librar sea una nueva, donde se insista que es música para todos y sin prejuicios.
Aún con lo anterior, la conquista del Castillo sigue sabiendo a gloria. Se demostró que la música popular resiste e importa, ya que después de un siglo hay personas que dedican parte de su vida a bailar y tocar danzón. Si Porfirio Díaz no bailó danzón en su momento, el jueves 16 de octubre se demostró que sí es digno de un lugar como este.