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El danzón cubano: historia, elegancia y la pasión del baile nacional que conquistó el Caribe

Partitura musical del primer danzón "Las alturas de Simpson" junto a un retrato en sepia del compositor cubano Miguel Faílde

El latido de Matanzas: El nacimiento de una leyenda musical

En la noche del 1 de enero de 1879, las notas de una melodía inédita resonaron en los salones del Club de Matanzas (posteriormente Liceo Artístico y Literario, y actual Sala José White). Bajo la inspiración del joven compositor y clarinetista matancero Miguel Faílde y Pérez (1852-1921), brotaron los acordes de «Las alturas de Simpson», una obra bautizada en honor a una barriada de la urbe matancera.

Aquella velada marcó el nacimiento formal del danzón, un género gestado desde la contradanza europea, la danza criolla habanera y el ritmo de cinquillo. Aunque en sus comienzos fue estigmatizado por sectores coloniales que lo tildaron de «música de negros» y baile «contra la moral», la sociedad criolla lo defendió con vehemencia como un símbolo de identidad y cubanía que pronto conquistó La Habana y todo el país.

Elegancia en espacio reducido: La arquitectura del baile

Bailar un danzón es adentrarse en un idilio de compás cadencioso e intimidad contenida. Interpretado en parejas desde una posición social cerrada, la ejecución destaca porque el hombre imprime la fuerza mientras la mujer despliega sutiles florituras en un espacio reducido. Se distingue además por ser el único género bailable que alterna momentos de desplazamiento con pausas coreográficas de descanso llamadas «cedazo».

En lo musical, el danzón tradicional posee una estructura rondal (ABACAD) dividida en paseo o introducción, un primer trío dominado por el clarinete, un segundo trío de violines y un tercer trío o final marcado por los metales. Sus agrupaciones originales empleaban violines, contrabajo, trombón, cornetín, clarinete, trompeta, güiro y timbales. Al evolucionar hacia la charanga francesa o danzonera, maestros como Antonio María Romeu incorporaron el piano, la flauta y las pailas, dotando al género de una sonoridad deslumbrante.

De la pluma de Faílde nacieron también piezas memorables como La Bollera, La Malagueña y Cuba Libre, sembrando la semilla para el posterior surgimiento de ritmos como el danzonete, el mambo y el chachachá.

Trascendencia sin fronteras y su apasionado refugio en México

Con el paso de las décadas, aunque el danzón vio atenuado su dominio en la isla tras la llegada y hegemonía del son, su magia trascendió las fronteras del Caribe. Fue en México donde el género echó raíces imborrables, convirtiéndose en una tradición viva que hasta el presente colma de parejas las plazas públicas de Veracruz, Oaxaca y la Ciudad de México. Figuras como Acerina y su danzonera, la voz de Toña la Negra y la célebre película Danzón (1991) de María Novaro inmortalizaron el profundo arraigo de este baile cubano en tierras mexicanas.

Patrimonio e identidad: La resurgencia de una joya nacional

Reconocido como el baile nacional de Cuba y declarado Patrimonio Inmaterial de la nación en 2013, el danzón atesora la impronta de grandes creadores e intérpretes como Manuel Saumell, Raimundo Valenzuela, José Urfé, Aniceto Díaz, la Orquesta Belisario López y Arcaño y sus Maravillas.

En la actualidad, encuentros como el Festival Internacional Danzón Habana y el Encuentro Internacional Danzonero Miguel Faílde In Memoriam renuevan el compromiso de acercar esta herencia a las nuevas generaciones. Un reflejo vivo de este legado lo encarna la Orquesta Failde, fundada en 2012 y liderada por Ethiel Faílde —flautista y descendiente del insigne creador—, cuya juventud reinterpreta el ritmo de Matanzas para defender la vigencia eterna del baile nacional cubano.

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